domingo, 14 de julio de 2013

Longueira… el próximo Pedelaerre

Patricio Araya
Periodista
@patricioaragon

Longueira –el duro, el pragmático, el amo y señor del tablero parlamentario de los rubiecitos y de los dirigentes poblacionales, el coronel que ahora sí tiene quien le escriba, el aglutinador del amor/odio del gremialismo, el que tiene línea directa con el purgatorio, el gran tapado de la UDI Popular, el ungido, al fin– no va ser el próximo Presidente de la República por los méritos del actual gobierno, ni porque la derecha sea la mejor alternativa para el país; ni siquiera por sus propios méritos. Longueira será Presidente de Chile por una sola razón: según la alternancia pactada a inicios de los noventa, entre vencedores y vencidos del 73 y del 88, esta vez le toca a la UDI. No a los independientes (A esos nunca les tocará). Ya le tocó dos veces a la DC, dos al PS, una a RN. Es el turno de la UDI. No sólo eso: Longueira también gobernará con mayoría parlamentaria.

El ex senador es el salvador de la DC, y sin DC no hay Concertación; él es el cardenal primado de la UDI, y sin UDI no hay Alianza. Golborne no era nada de eso. En verdad, Laurence estuvo todo este tiempo guardándole el puesto en la fila a Longueira, haciendo tiempo, jugando con Andrés a ser pre candidatos mientras Pablo estaba ocupado siendo ministro –un gusto que no se había podido dar antes porque estaba oficiando de diputado primero, y luego de senador. Longueira no le va a propinar una derrota de aquellas a Allamand para humillarlo, sólo lo sacará del camino con un breve gesto de superioridad. 

Luego va a exigir sus fichas para el juego. Esta vez le toca a la UDI, y él es mejor representante de su partido. El pater familias, el único capaz de acallar a los díscolos, el que decidió que en la UDI no hay primarias parlamentarias, porque de eso se encargará él. Allamand será compensado con algún ministerio o una embajada top, lo que quiera su señora, total ella es de la UDI y tiene derecho a elegir.

De acuerdo a la rotación del poder establecida al amparo del consenso noventero, a la UDI le corresponde el próximo período presidencial. Para el caso, da lo mismo quien gobierne. En Chile lo que se hace es administrar un modelo económico que funciona al alero de una Constitución y unas leyes que dan vergüenza. Eso es todo. Que lo haga cualquiera de los miembros del “club de la unión”, la Concertación o la Alianza, es irrelevante; ambos tienen enormes coincidencias programáticas. Ninguno es partidario de una Asamblea Constituyente. No obstante, dentro de los dos conglomerados hay pugnas de poder; caudillismos.

En agosto de 2009, el candidato del entonces oficialismo, Eduardo Frei, olía a gladiolos. Lejos de tomar la medida lógica de reemplazarlo para evitar el bochorno, los dirigentes de la Concertación arrastraron su hedor hasta la derrota final. Algunos eran partidarios de la derrota, entre ellos el senador Girardi. La única lógica posible para explicar y entender esa actitud obcecada, es el compromiso por la alternancia. La Concertación ya llevaba cuatro gobiernos consecutivos, y la Alianza sentía que ya era hora de un cambio de sillas. Por lo mismo, el arribo de Piñera a La Moneda tampoco fue gracias a sus méritos, sino por mera alternancia. Esta no es la hora de Allamand, tampoco la de Renovación Nacional. Ello explica porqué Piñera liberó a su ministro de Economía para ponerlo en la grilla de largada.

Que Golborne haya sido pre candidato independiente de un partido católico, siendo agnóstico, y luego sacrificado en vivo y en directo a través de los medios de comunicación por los coroneles de Chacarillas, tiene mucho sentido dentro de la lógica de la alternancia pactada. Desde ya, su mayor debilidad era su condición de no militante, un fusible que la UDI instaló a sabiendas que reventaría cuando fuese necesario. Y ese momento llegó según lo planeado. Por lo mismo sería ingenuo aceptar, de buenas a primeras, la versión oficial del desistimiento de Golborne.

Resulta obvio que detrás de la decisión del ex ejecutivo operó la derecha más dura y reaccionaria. Es curioso que la resolución de la Corte Suprema contra Cencosud, en un juicio que data de 2006 –cuando Golborne era gerente del retail–, así como el descubrimiento de sociedades y capitales en paraísos fiscales que posee el ahora ex abanderado, hayan surgido a cuatro días del vencimiento del plazo para la inscripción de las candidaturas para las primarias del 30 de junio; a lo que se suma que esta última información no fue lanzada por cualquier medio de comunicación, sino por uno perteneciente al empresario Agustín Edwards, un hombre clave por su poder político en las sombras (recuérdese su activa participación en el golpe de Estado y en la Operación Colombo). En efecto, fue el diario El Sur de Concepción el que el pasado 28 de abril dio el golpe periodístico que acabó con las aspiraciones presidenciales del ex ministro, quien ya venía complicado por el fallo judicial que comprometió su credibilidad.

Al cabo, la decisión de llevar a un UDI de verdad, siempre estuvo tomada. Golborne sólo fue utilizado, la verdadera candidatura siempre tuvo grado de coronel. El ahora ex ungido no es más que un fusible quemado que no se puede usar de nuevo. ¿O acaso en la UDI piensan que los estándares exigibles a un senador son inferiores a los de un candidato presidencial?


Y aunque la nominación de un independiente y agnóstico como el ex MOP, fue un buen intento de la UDI por transmitirle al país una señal de inclusión y tolerancia religiosa, la doctrina pudo más. La UDI no estaba dispuesta a utilizar un outsider agnóstico para la jugada más esperada de su historia. Es ahora cuando la derecha económica siente que ha llegado el momento de trasladar sus oficinas a La Moneda. Longueira es el hombre que necesitaba la derecha dura para gobernar en tiempos que se avizoran como agitados en lo social, e inciertos en lo económico, de prosperar las demandas de trabajadores, estudiantes y sociedad civil organizada.
Chile celebra 40 años de dictadura

Patricio Araya G.
Periodista
@patricioaragon

En 1997, el sociólogo Tomás Moulián introduce en Chile Actual: anatomía de un mito, el concepto de “fase terrorista de la dictadura”, para referirse a los primeros años de los militares en el poder. La época más desalmada de la dictadura, la del exterminio humano, la de los campos de concentración, de cárceles clandestinas y allanamientos en plena noche; la más cobarde y vergonzosa, marcada por el odio, el soplonaje y el miedo; años marcados por el estado de sitio y el toque de queda. En suma, por el terror.

Con gran lucidez, el respetado académico explica el tránsito desde el terror inicial hacia el transformismo posterior (no exento de terror), que comienza a prefigurarse a mediados de los años setenta, y que concluye con la imposición de la economía de libre mercado. El resultado ya es sabido: una sociedad consumista, desarticulada, obediente, acrítica, alienada, obsecuente; militarizada, no militante ni comprometida. Una población sublimada.

No obstante, Moulián tropieza con el mismo error –a estas alturas histórico– que nace tras la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988: sostener (suponer, creer, querer) que la dictadura terminó, cuando en verdad no es así. En rigor, aún vivimos en dictadura. Y, de no mediar alguna circunstancia extraordinaria, lo seguiremos haciendo ad eternum.

Al año siguiente de su promulgación, la Constitución de 1980 le permitió a la dictadura terrorista migrar hacia un fascismo democrático ultranacionalista, el que se extendió hasta 1990, cuando da su último giro a la extrema derecha, esta vez, hacia una democracia fascista de carácter cívico-militar, que perdura hasta hoy. Tal es el camino de la dictadura chilena: terrorismo desatado (1973-1981), terrorismo atenuado (1981-1990), terrorismo latente y solapado (1990 a la fecha).

Es la propia dinámica de la dictadura militar la que va determinando las características de lo que hoy en Chile se denomina democracia. Un remedo, en cualquier caso, de lo que debiera ser una democracia de mínimos estándares. Más que pertenecer al ámbito de la politología, ella pertenece a la literatura, y se ubica dentro del realismo mágico, es macondiana. Qué loco es creerse el cuento que los militares ya no tienen el control. ¡Qué ingenuo! Es ir en búsqueda de Macondo.

Fascismo democrático

A nuestro juicio, la “fase terrorista” (Moulián) se extiende mucho más allá de 1976 –año en que la dictadura se abocó al exterminio del Partido Comunista, tras haber hecho lo propio durante los dos años anteriores con las cúpulas del Partido Socialista y el Movimiento de Izquierda Revolucionario–, llegando hasta marzo de 1981, con la autoproclamación de Pinochet como presidente del país.

Luego del exterminio político masivo, y del exilio al que sometieron a los sobrevivientes –y de la consecuente represión y persecución contra el enemigo interno–, a mediados de los años setenta los militares se concentraron en la economía, área en la que debido a su ignorancia, debieron recurrir a los especialistas.

Con el objetivo de consolidar el control político y económico del país, los militares siempre se mostraron dispuestos a garantizar las condiciones impuestas por los economistas, partiendo por la desarticulación del sindicalismo, siguiendo por la implementación de un nuevo Código del Trabajo, hecho a la medida del empresariado, y concluyendo con un nuevo sistema de seguridad social, cuyos principales hitos son las AFP’s y las Isapres, negocios hechos con los fondos de los trabajadores, en el que las empresas se llevan las ganancias y los trabajadores las pérdidas. A lo que sumó la privatización de la educación y las empresas del Estado. Al cabo, un proceso que se extendió por más de dos décadas, y que da cuenta de la destrucción de un país, y de la construcción de otro muy diferente sobre el mismo territorio.

La vocación patriotera de los militares también los llevó a atentar contra el patrimonio cultural del país, enfatizando su delirio en perjuicio del desarrollo del pensamiento crítico. Con el claro afán de darle sentido a su relato mesiánico y de su ideación fascista de la sociedad, en los primeros días del golpe de Estado, la dictadura intervino las universidades estatales, nombrando rectores militares en calidad de delgados del gobierno. También intervinieron los medios de comunicación y clausuraron cualquier intento de prensa opositora. El discurso oficial estaba destinado a convencer a la población que Chile era un país de libertades, y que el mundo entero estaba perdido a manos de terribles ideologías.
Para ello, la dictadura contó con una alianza estratégica formada por el empresariado periodístico y un elenco estable de esbirros dispuestos a mentir y a darle pan y circo al pueblo, cuyas voces y rostros (Vodanovic, “Pollo” Fuentes, Raquel Argandoña, Ravani, Julio López Blanco, entre otros cientos) aún perturban nuestros sueños para recordarnos que la pesadilla no tiene fin, pues, como se sabe, esa alianza no sólo sigue vigente, también ha crecido y se ha perfeccionado en “entretención” y desinformación, y ha sido, qué duda cabe, la que le ha dado relato a cada una de las etapas de la dictadura.

El fascismo democrático –híbrido inédito en la política chilena y en la historia universal– es el poder militar sin contrapeso y fuera de control; estilo de gobierno que en su fase inicial logró funcionar con tres poderes, no delimitados, ni mucho menos, independientes: Ejecutivo (en manos del dictador), Legislativo (Junta Militar) y Judicial (bajo las órdenes del dictador). Fue inaugurado por el propio Pinochet, cuando en 1981 se autoproclamó 
Presidente de la República, cruzándose la banda tricolor sobre su guerrera militar (cuestión que nunca se atrevió hacer vestido de civil), al tiempo que dotaba a la Junta de facultades legislativas, no parlamentarias, pues, no existía Parlamento alguno. La época del fascismo democrático –donde las violaciones a los derechos humanos “convivían” en perfecta armonía con la marcha de la nación– alcanza su mayor plenitud cuando en 1988 el dictador convoca al país a pronunciarse a través de un plebiscito sobre su continuidad en el poder hasta 1997. Pinochet pierde ese referéndum y con ello el fascismo democrático comienza a mutar a democracia fascista.

Democracia fascista: una realidad paradojal

A partir de 1990, ahora con Pinochet empoderado como senador vitalicio –a lo que se suman una bancada militar en el nuevo Senado y otros enclaves autoritarios– el fascismo democrático adquirió su cuño actual (y definitivo): devino en democracia fascista. Una versión sui generis de democracia posmoderna, en que se permite a los civiles entrar al juego por la vía electoral, sin que ello implique instancias diferenciadoras reales de discusión ni decisión; es la máxima expresión del autoengaño. Una realidad paradojal donde se simula un estado de normalidad, con los civiles a cargo de las instituciones y con los militares en los cuarteles. Pero no es así. Se trata de una democracia entre paréntesis, no dialéctica, sino de consenso, donde los diversos actores renuncian a sus propias creencias y acuerdan todo, desde la forma de narrar su historia política, hasta su futuro pos parlamentario; desde sus dietas hasta el nepotismo que les asegure la conservación de los privilegios; desde la justicia en la medida de lo posible hasta el perdón a cualquier precio.

La chilena no es una democracia, sino un eufemismo que se utiliza en reemplazo de un formato de convivencia inconfeso, que acoge a uniformados y civiles en la marcha diaria del país: el cívico-militarismo. El militarismo desatado de antaño no ha desaparecido del todo, los uniformados, tanto activos como retirados, continúan incidiendo en los distintos ámbitos de la vida política y económica del país, ya sea incumpliendo su carácter no deliberante a través de declaraciones o actos para las que utilizan de fachada diversas fundaciones, ya sea a través de sus intereses en empresas privadas; en ambos casos se valen de su influencia en los medios de comunicación.

En esta democracia fascista los extremos políticos se han desideologizado, a tal grado han relativizado sus discrepancias, que ya no es posible establecer diferencias notorias. La ultra derecha –la terrorista, la reaccionaria, la económica, la pechoña– hoy se autodenomina centroderecha, y lo hace para desprenderse de su pasado golpista ligado a la derecha a secas –la patronal y militarista. Por su parte, la izquierda no comunista, donde es posible hallar desde allendistas a miristas; desde democratacristianos a radicales, incluso algunos comunistas renegados, hoy se hace llamar progresismo. O centroizquierda, para desprenderse de su pasado upeliento.

La democracia cívico-militar chilena es un sistema político débil, siempre conectado al respirador artificial, vulnerable, mal mirado, maloliente, proclive a la corrupción, reaccionario, abusador, en extremo represivo, y sobre todo, flexible, pero no desde una perspectiva reformadora, sino en función del acomodo de quienes tienen posibilidades de él. La democracia cívico-militar, o democracia fascista imperante, es, por sobre cualquier cosa, rígida, no admite discusión sobre su legalidad y legitimidad.
La política ha mutado desde lo ideológico a lo persuasivo; desde el contenido, al mero mensaje publicitario; se ha perdido el valor de los símbolos, nadie en ella pretende capturar militantes que exijan cambios desde adentro, sino simpatizantes que voten desde la periferia para mantener vivo el valioso consenso. Nadie quiere ni puede incomodar al otro. Evitar el conflicto es la consigna transversal.

El gran triunfo ideológico de la dictadura terrorista (1973-1980) y de su continuador, el fascismo democrático (1981-1990), no es haber “derrotado al marxismo-leninismo”, ni haber “extirpado” de Chile el “cáncer” del comunismo internacional, como alucinaban sus fundamentalistas –aquellos imbuidos del paroxismo de la doctrina de la seguridad nacional y del enemigo interno– sino haberse eternizado (enquistado, mejor dicho, parafraseando al propio fanatismo pinochetista) en el seno del poder político y económico, y haber logrado desde ahí trascender de la violencia física a la violencia social; desde las balas a las tarjetas de crédito; desde el terrorismo de Estado legitimado por su propio ordenamiento jurídico, al consumismo desenfrenado, contando para ello con un arma propagandística infalible, de doble faz: primero, la desarticulación de la antigua sociedad (fase terrorista), y luego, durante el fascismo democrático, el desprestigio hacia la política como garante de la democracia. A partir de 1990, tras la puesta en marcha de la tercera fase (democracia fascista), se utiliza la pseudo democracia desde el sesgo de una sola ideología ultranacionalista, excluyente, sobrerrepresentada y pechoña. Triunfo ideológico mediado por la misma huella indeleble de otros regímenes de facto: el fascismo. En Chile, el fascismo llegó para quedarse. Para apellidar a la ingenua democracia.

El próximo 11 de septiembre se cumplen 40 años del golpe de Estado que sacó del poder a un gobierno democrático, e instaló a uno de facto en su lugar. Los análisis más optimistas sostienen que esa dictadura se extendió por 17 años, desde el 11 de septiembre de 1973 hasta el 11 marzo de 1990, cuando Patricio Aylwin asumió como Presidente de la República. Por desgracia, algunos hechos demuestran lo contrario, y lo que en rigor muchos celebran hoy es el aniversario de una dictadura que logró mutar, sin dejar de ser dictadura.

Más que ufanarse por un supuesto fin de la dictadura, y su reemplazo por una democracia real, cabe destacar que a contar del mismo día 11 de septiembre de 1973, el país viene siendo sublimado por una realidad imaginaria –macondiana–, un ethos perverso en donde da lo mismo si vivimos en democracia o en dictadura, o si aquélla es protegida o tutelada, o si ésta es encubierta o desvergonzada. O si la dictadura ya no existe, o si la democracia sufre de golpismo inminente. Da lo mismo. Es lo mismo. Es un círculo vicioso que va desde el rechazo a la aceptación.

La clave de todo es la palabra “consenso”. Consenso al que han arribado vencedores y vencidos del 11 de septiembre de 1973 y del 5 de octubre de 1988. Entre ellos ya no hay derrotados, sólo ganadores. Hoy todos residen en uno de los dos bloques que preservaron para sí la forma de cómo repartirse el país, sin que parezca despótico. Los marginados no caben en ninguna parte. Los verdaderos derrotados son los muertos y desaparecidos de los últimos cuarenta años, la gente común y corriente que vive sometida al mercado usurero, a expensas de una educación pública precaria, cuyo fin es la no educación; los verdaderos derrotados son los pueblos originarios despojados, el medio ambiente devastado, la libertad de pensar. La libertad. El gran triunfador es el miedo.

Una muestra palpable del consenso criollo, es la reciente designación de un ex comandante en jefe del Ejército como director del Servicio Electoral. ¿Habrán ocupado cargos similares los servidores de Hitler o Mussolini, una vez que Alemania e Italia se sacudieron de sus peores fanatismos? El valor inconmensurable del consenso es que él, junto con sustentar nuestra transición permanente e inacabada hacia una tierra prometida que nunca veremos, y de ser el bálsamo que suaviza cualquier discordia, salva la incomodidad de tener que responder la pregunta más cruda jamás hecha desde 1990 a la fecha: ¿qué sistema de gobierno es el que hoy rige en Chile? Desde ya queda claro que no se trata de un sistema democrático, pues, de serlo, no existiría la aberrante sublimación a un estilo de vida basado en la injusticia y el odio.

La democracia instalada en Chile no es plena, sino fascista; no es ciudadana, sino excluyente. Si ella fuera plena y respetable, Pinochet habría sido juzgado. Pero como es una democracia endeble, no resiste ese tipo de exigencias. Desde hace cuarenta años vivimos en un Estado policial al ritmo del golpismo latente, de los ejercicios de enlace y de los boinazos; del peligro inminente. Una democracia cobarde que sólo se envalentona frente a los débiles; frente al estudiantado y las minorías; democracia xenófoba, homofóbica, que promueve la discriminación y la desigualdad, la concentración económica y de medios de comunicación masiva; una democracia indecente que calla por la fuerza a la disidencia.

El miedo como arma disuasiva no ha perdido valor ni vigencia. Por el contario, el miedo sigue siendo el gran moderador de la convivencia nacional, y de toda discusión, desde la más simple a la más compleja. Los mismos estados de cuentas de servicios básicos contienen una amenaza terrorífica: CORTE EN TRÁMITE. Y qué decir de la discusión que plantea el fin del sistema binominal: sus defensores apocalípticos auguran ingobernabilidad y retroceso democrático sin él.

Comoquiera que sea, en Chile todo acaba con una amenaza. Esa intimidación implícita al final impide que los ciudadanos se involucren en discusiones de interés común. No existe real participación ciudadana, pues, en los hechos, los caminos para acceder a ella se cierran antes de abrirse. Las personas temen perder el trabajo, o que les cueste mucho más conseguir uno. Más que ser garantizadas, las libertades fundamentales subsisten, siempre y cuando no se opongan a los intereses de los poderosos. El propio Estado chileno cuenta con una Constitución portaliana que le permite utilizar la coerción de manera perfecta, poética, sin caer en abusos notorios.

Tercera fase dictatorial: el nuevo orden, la sublimación

Una vez asumido el primer gobierno civil en marzo 1990, lejos de regresar a sus cuarteles, la vieja dictadura terrorista evolucionó y se transformó en democracia fascista, sin dejar de ser dictadura, dando un nuevo golpe a la cátedra constitucionalista. El Chile actual no tiene cualquier democracia, sino una democracia cívico-militar de carácter fascista. El rasgo más notable de aquello es el ser humano seriado, homogeneizado.
Vivimos en un orden más propio de la taxidermia que de la geografía humana. En efecto, las personas somos clasificadas y luego tratadas y consideradas, según el lugar que ocupamos en el mercado de acuerdo a la capacidad de endeudamiento, o en función del ghetto en que vivimos o al que pertenecemos, o de la escuela o colegio donde estudiamos, o de la universidad a la que asistimos, o del linaje del cual provenimos, o del lugar donde vacacionamos.

La estratificación socioeconómica utilizada en Chile –así como en otros países latinoamericanos forjados en el rigor del militarismo bananero– no es otra cosa que un método de control social que permite saber quiénes son, qué hacen, dónde y cómo viven, qué piensan, cómo se proyectan los chilenos. Al cabo, es una forma de facilitar el funcionamiento de la economía de masas y de mantener el control político sobre la población. La vida diaria está determinada por la vorágine mercantil, los años transcurren de la misma forma. Todo parte en marzo con la compra de útiles escolares y el pago de los permisos de circulación, luego viene la fase pechoña con la celebración comercial de la Semana Santa y los huevitos de Pascua; en mayo el día de la Madre, en junio el del Padre, en agosto el del Niño, en septiembre Simón manda a festejar por la Patria y en octubre el mercado ordena disfrazarse a lo Halloween, y así llegamos a la Navidad. Tal es la vida de este país. El mercado es el rector de ella, y quien no se someta a él, queda al margen de la felicidad y la homogeneidad. En rigor, eso es fascismo puro, en tanto no permite el disenso y facilita la discriminación entre las personas. Un fascismo democrático, en todo caso, con instituciones y todo.

El mayor facilitador del odio y la injusticia social, es el sistema de acumulación de la riqueza implantado a sangre y fuego por el fascismo-democrático, que permitió concentrarla en manos de un grupo muy pequeño de familias –en su mayoría ultranacionalistas–, haciendo del Chile actual el cuarto país del mundo con la peor distribución del ingreso. La democracia fascista no ha hecho nada para revertir ese designio. Por el contrario, lo avala, lo venera. ¿Acaso unos y otros no forman parte del mismo círculo vicioso, que les garantiza poder y riqueza?


He aquí el quid del asunto: sólo una democracia autoritaria como la chilena, es capaz de garantizar el desarrollo expansivo de la economía de libre mercado; ésta requiere de ciertas condiciones especiales –no siempre disponibles en todos los países–, como un tramado rígido en lo social, cuyo manto rector, en el contexto de una cultura patronal de obediencia colectiva, impida el conflicto; y flexible en lo económico, en tanto esa flexibilidad opere sólo a favor del capitalismo financiero –tal como funcionan en Chile la banca privada, el retail, las isapres, las universidades privadas–, y eso sólo puede salvaguardarlo un tipo de régimen gubernamental como el chileno, una mezcla perfecta de democracia y fascismo, avalada por la complicidad de una prensa servil y un pueblo inmutable, sublime. Sublimado.

martes, 22 de enero de 2013


El mal de Valparaíso

Patricio Araya
@patricioaragon
Periodista

La desventura de Valparaíso es más aterradora que el mall que la empresa Mall Plaza planea instalar en el sector del muelle Barón, tiene que ver con el proceso de deconstrucción del que viene siendo objeto de manera sostenida en los últimos cuarenta años. Más allá de la acepción del término “deconstruir” –que se refiere a deshacer por medio del análisis los elementos que constituyen una estructura conceptual– la realidad es que Valparaíso viene desplomándose a vista y paciencia de autoridades locales, regionales y nacionales. Un perverso proceso de deconstrucción, cuya víctima ulterior, es la cultura porteña.

Desde mediados de los años setenta, Valparaíso ha sido despojado de fábricas, medios de transportes, ascensores –de los cuales llegó a tener una treintena en su apogeo–, agencias de aduana que emigraron a Santiago, oficinas de abogados, comercios varios, lugares de entretención, hospitales –entre ellos, el Enrique Deformes, cuyas funciones como maternidad fueron absorbidas por el ya colapsado hospital Carlos Van Buren, y el antiguo hospital Ferroviario–, empresas de servicios, y suma y sigue.

En julio de 2003, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), le concedió al casco histórico de Valparaíso la pomposa categoría de Patrimonio de la Humanidad, cuestión que, lejos de poner a la ciudad en la senda del desarrollo y la figuración a nivel mundial como un sitio de interés histórico, artístico, científico, estético, arqueológico y antropológico, causó el efecto paradojal. Nada de desarrollo ni figuración. Por el contrario, sólo pobreza y destrucción. Y feísmo. Nostalgia.

Tal como le sucede al equipo de fútbol o al tenista de moda que, tras ser motejado como “favorito” sólo se dedica a perder, el pobre Valparaíso tampoco cumplió con las expectativas, es decir, fue incapaz de soportar una carga semejante.

Entonces, ¿quiénes son los responsables del creciente estado de precariedad que sufre Valparaíso?, ¿quiénes se han esmerado en desarticular sus estructurales fundacionales, su patrimonio, su cultura? Basta darse una vuelta por el mercado El Cardonal, con su antes maravilloso  segundo piso ahora convertido en chiquero, o por el ya fenecido mercado del Puerto y su aspecto de fin de mundo, o hallarse un día cualquiera en medio de una balacera en el barrio El Almendral, para esbozar algunas respuestas.

Para responder estas preguntas, primero es necesario diferenciar a Valparaíso de su triple condición. En efecto, Valparaíso es una comuna, cuyas características urbanas y estructurales la convierten en una ciudad, pero también es una provincia, que incluye otras seis comunas (Viña del Mar, Puchuncaví, Concón, Juan Fernández, Quintero y Casablanca), y por último, es capital regional, rango que lo pone al frente de otras siete provincias (San Antonio, Petorca, Los Andes, San Felipe, Isla de Pascua, Quillota y la recién creada Marga-Marga). Por tanto, cuando se habla de Valparaíso utilizando el criterio de la declaración de la UNESCO (casco histórico), se entiende que el vocablo “Valparaíso” queda acotado sólo para la ciudad del mismo nombre, y a cuya cabeza se halla un alcalde, y no un intendente; un Concejo municipal, y no un Consejo regional (Core), cuyo ámbito de competencia es mucho más amplio.

La administración de la comuna (ciudad) de Valparaíso es responsabilidad exclusiva de sus autoridades locales, y son éstas quienes deben gestionar ante el Gobierno regional (representante del Gobierno central) los recursos complementarios para la ejecución de proyectos que requiere la comuna. Valga esta explicación para entender que cuando se quiere escindir de responsabilidad a quienes incumplen su rol de administradores de la ciudad de Valparaíso, suele hablarse de ella desde su perspectiva de capital regional, y no como es, una ciudad, una comuna, al fin.

La explicación recurrente respecto a la pobreza y el desempleo crónicos de Valparaíso, así como de su aspecto abandonado y sucio, siempre se hace desde la queja del centralismo. Curioso en todo caso, pues, de ser cierto semejante argumento, se percibiría un estado similar en el resto de las provincias de la V región, cuestión que no siempre es así.

El mal de Valparaíso, es y ha sido, la pésima calidad de sus alcaldes y respectivos concejos municipales. No es posible que se gobierne una comuna de la magnitud de Valparaíso, empoderado de una capacidad envidiable de dar explicaciones. Así se han cerrado hospitales, colegios, fábricas, y se ha permitido que los visitantes conviertan la ciudad en una letrina al aire libre, sin que a nadie se le mueva un pelo.

Dadas las particulares características de la comuna-ciudad de Valparaíso, se hace necesario gobernarla de manera inclusiva, y para ello se cuenta con un mecanismo legal, como es la Ordenanza de Participación Ciudadana, aprobada por el municipio porteño el 24 de noviembre de 2011, mediante el Decreto Nº 3088, en cuyo primer artículo define la Participación Ciudadana como “la posibilidad que tienen los habitantes de la comuna de Valparaíso de intervenir, tomar parte y ser considerados en las instancias de información, ejecución y evaluación de acciones que apunten a la solución de los problemas que los afecten directa o indirectamente en los distintos ámbitos de la actividad de la Municipalidad, y el desarrollo de la misma en los diversos niveles de la vida comunal”. En su artículo 2º, la misma Ordenanza –cuya data original es de 1999–, señala que su objetivo principal es “promover la participación de la comunidad local para el progreso económico, social y cultural de la comuna”.

De lo anterior se colige que los destinos de Valparaíso –como es de suponer– dependen siempre de sus habitantes. Sólo hay que ejercer los derechos que la propia ley pone a disposición de los afectados. Y en ello, alcalde y concejales, tienen la obligación legal de socializar la referida Ordenanza. No basta con que el municipio la publique en su sitio web, y pretender que de esa forma se cumple con la ley. La Participación Ciudadana, a diferencia de cómo suelen entenderla los alcaldes de turno, no es un acto de proselitismo en beneficio de ellos, sino un instrumento democrático que facilita la correcta toma de decisiones.

Si las autoridades comunales de Valparaíso quieren desprenderse del mote de ineficientes y oportunistas, deberían empezar por difundir la Ordenanza de Participación Ciudadana, y hacer que cada vecino la conozca para que se involucre en los niveles de decisión que le franjea la ley. Desde ya, señores ediles del Puerto, vayan por juntas de vecinos, clubes deportivos, de adultos mayores, ferias, calles, pasajes, cerros, copia en mano explicándole a la gente que esa cuestión llamada Ordenanza de Participación Ciudadana, es mucho más que un simple archivo pdf almacenado en el portal del municipio. De seguro no les costará mucho recorrer esos caminos, al fin y al cabo, es un ejercicio muscular que hacen cada cuatro años, cuando la necesidad de ser reelectos los hace saltar del mullido cojín al adoquín mojado y a los charcos de la miseria porteña.

¡Hagan la pega!


miércoles, 2 de enero de 2013


Valparaíso, ¿la joya del Pacífico?

Patricio Araya
Periodista

A estas alturas –tras la ya “tradicional” devastadora imagen de Valparaíso pos carrete de Año Nuevo– cabe preguntarse qué lugar ocupa la ciudad en el corazón de los celebrantes de todo tipo de jolgorio, pues, a juzgar por la cantidad de basura y daño acumulados, Valparaíso parece no importarle a nadie, mucho menos a quienes tienen la responsabilidad de cuidarla. Es triste decirlo de esta forma, pero Valparaíso se asemeja cada vez más a La Habana pre revolucionaria, donde los extranjeros iban a divertirse sin freno; allí se permitía todo lo prohibido en la “cultura del orden y el trabajo” del norte.

Valparaíso es una ciudad abandonada; triste. La abandonó el progreso. La abandonó el pudor que alguna vez le profesaron quienes la amaban y respetaban, y que veían en ella el lugar donde podían hacer realidad sus sueños. A cambio de ello, fue y ha sido presa de malos gobiernos comunales que no supieron –o no quisieron– administrar y acrecentar su verdadero valor patrimonial.

Valparaíso tuvo y sigue teniendo todo para ser una de las mejores ciudades del país para vivir, para estudiar, para trabajar, para soñar, para enamorarse, para pensar, para crear, pero también ostenta el vergonzoso record de ser la ciudad que ha tenido los peores alcaldes de Chile, en su mayoría aficionados, ignorantes, miopes, oportunistas, dictadorcillos, obtusos, megalómanos, incultos, abyectos, incapaces de imaginar para ella y sus habitantes otra cosa que batucadas y entrega de mediaguas; alcaldes marcados por una altísima vocación al enriquecimiento ilícito y el ascenso personal.

Valparaíso es más que el lugar de la nostalgia. Aunque muchos se esmeren en sostener lo contrario, es más que una locación cinematográfica de bajo costo; es mucho más que una ciudad adoquinada y un montón de cerros, algunos muelles, un par de mercados a medio morir, una veintena de ascensores oxidados, cientos de bares malolientes, prostíbulos en extinción. Valparaíso es una urbe que supera su propia poesía. Qué lamentable que esto sólo lo entiendan sus habitantes. Valparaíso es –entre otras tantas cosas positivas– sede de cuatro de la mejores universidades chilenas (U. de Valparaíso, Católica, Playa Ancha y Federico Santa María), pero eso a nadie le importa.

Residentes y visitantes, entre porteños de verdad y personas de paso, no miran a Valparaíso con los mismos ojos. Para los primeros, es su ciudad, su casa, y para una inmensa mayoría de ellos, es su lugar de nacimiento. Los segundos, la perciben como un lugar de diversión, como un prostíbulo al aire libre, como una letrina donde evacuar fluidos de todo tipo. ¿Por qué no van a Barcelona o a París hacer lo mismo? Fácil: porque en esas ciudades no se los permitirían. Ninguna de sus autoridades, con la mezquina explicación del ingreso de divisas, como ocurre en Valparaíso, avalaría la destrucción de su patrimonio cultural.

Valparaíso ya no es “la joya del Pacífico”, ya no es “un arcoíris de múltiples colores”, ni “sus mujeres son blancas margaritas arrancadas de su mar”, ni “la plaza de la Victoria es un centro social”, ni tampoco es “puerto principal”, porque ese cetro se lo arrebató San Antonio. En suma, una tropa de ineptos acabó con la magia de Valparaíso. Parte de esa tropa de incompetentes tomó palco durante la destrucción de la ciudad, y se encogió de hombros cuando el exilio empujó a muchos porteños hacia otros destinos. Muchos de los que hoy hacen gárgaras con cifras de disminución de la pobreza, no movieron un solo dedo cuando se cerraban fábricas y Valparaíso se quedaba sin fuentes productivas, y tampoco han hecho nada para devolverle a los porteños el hospital que se destruyó para levantar el Congreso en su lugar.

La televisión también ha hecho lo suyo: con su visión “centropolitana” ha lanzado sobre Valparaíso un paradigma absurdo. La TV vende a los chilenos y al mundo entero la idea que Valparaíso es un sitio “folclórico”, “tradicional”, que sólo cobra vida para Fiestas Patrias y Año Nuevo. Para ella, el resto del año la ciudad está muerta, es un cementerio donde sólo se acude dos veces al año a depositar las “flores” de una peregrinación divertida, mientras sus autoridades de paso se ufanan de un polvoriento parque Alejo Barrios, donde se vende chicha y empanadas al ritmo de cumbias, y de unas calles y cerros donde se puede beber, fornicar y defecar la última noche del año. ¡Qué pena!

Esas mismas autoridades se contentan con premios de consuelo inútiles, como las sedes del Poder Legislativo y del Consejo de la Cultura y las Artes, a sabiendas que las decisiones que se toman allí vienen cocinadas de la capital. ¡Pobre Valparaíso! ¡Cómo dueles!

El “Gitano” Rodríguez, el doctor Aldo Francia, Lukas, Lucho Barrios, y una larga lista de amantes del Puerto, tal vez prefieran observar desde el otro mundo la miseria exacerbada que hoy abraza a Valparaíso, y con toda seguridad, sus narices ya están libres del hedor de calles y veredas asquerosas y lúgubres.

Lo triste de esta columna es que en un año más podría ser publicada de nuevo, sin perder un ápice de vigencia. La dramática realidad de Valparaíso es que nadie hace nada por modificarla, a nadie le inquieta la mugre y la destrucción; nadie se siente provocado por la impunidad de sus agresores.   

A Valparaíso lo abandonaron todos. Lo abandonamos todos.

¡Perdón, Pancho querido!  

viernes, 31 de agosto de 2012


El Mowag de Allamand

Patricio Araya


Tras la última encuesta CEP (julio-agosto 2012), donde figuran algunos ministros como presidenciables 2013, hay quienes esperan que el Presidente Sebastián Piñera los saque lo antes posible de su gabinete, ello debido a que estos funcionarios públicos estarían utilizando sus cargos como plataforma política.

En esta afirmación bien podría haber una doble verdad. Por un lado, aunque el Presidente de la República siempre tiene la facultad de hacer los cambios en su gabinete, las presiones políticas suelen surtir efectos en casos como este; y por otro, la figuración alcanzada por los ministros Golborne, Allamand y Longueira, aunque se explica por su sola condición de servidores públicos, también genera sospechas de estar aprovechando sus carteras para proyecciones personales.

Esto no es malo ni bueno; tampoco es nuevo. Es no más. Todos los que han tenido la oportunidad la han aprovechado. El ministro de Obras Públicas Laurence Golborne, es un buen ejemplo. Cuando en agosto de 2010 ocurrió el derrumbe en la mina San José, los chilenos apenas sabían pronunciar el nombre y el apellido del entonces ministro de Minería, que a contar de ese momento comenzó a aparecer a diario en todos los medios de comunicación. Todo lo que vino después es conocido. Golborne aprovechó al máximo la exposición mediática. Y el negocio le ha dado resultados positivos: es el segundo en la carrera presidencial, tras Michelle Bachelet.

Y en eso el titular del MOP es bastante inteligente. Por un lado, se desentiende de ciertos errores ministeriales –como la cesión de derechos de agua en favor de una subsidiaria de Colbún en Putaendo, que perjudica los regantes de la zona–, y por otro, independiente de su origen trágico, capitaliza la operación de rescate de los 33 mineros, en tanto ésta posee esa épica que condimenta los liderazgos sociales: exitismo y llanto abundante. El electorado se conmueve por ese tipo de acontecimientos. El pueblo siempre necesitará de héroes. Y si éstos no nacen en el campo de batalla, la televisión los maquilará con la misma épica del Espartaco de Kirk Douglas.

Quien de seguro se encuentra empoderado de esta idea, es el ministro de Defensa Andrés Allamand. El ex senador RN sabe que para llegar a competir con Bachelet –o con el candidato que represente a la Concertación en la presidencial de 2013–, primero tiene que derrotar a su colega de gabinete, para lo cual necesita algo más que una historia política. Si con ello bastara, él mismo ya le habría pedido su baja al Presidente.

La política actual se ha transformado en una actividad más propia del mercado que de lo público, en consecuencia, los políticos no buscan convencer a sus electores con grandes proyectos ni ideas, ellos apuestan más a la persuasión, al encantamiento. Vivimos en una sociedad visual. Un ejemplo es la eclosión de Michelle Bachelet en la escena pública, la que no tiene que ver con la instalación de un discurso suyo que se recuerde; por el contrario, ella irrumpe en los medios de comunicación montada en un tanque militar.
La imagen de la entonces ministra de Defensa, recorriendo las calles de la capital durante los temporales sobre un Mowag del Ejército, impactó a la ciudadanía. A contar de ese minuto, la ministra no tuvo más que esperar que su jefe, el Presidente Ricardo Lagos, la dejara en libertad de acción para enfilar hacia La Moneda.

Golborne está tranquilo, él ya tiene su Mowag. La tragedia de los 33 mineros lo catapultó como “figura política” sin serlo, e independiente de sus desaciertos administrativos, como el mencionado en Putaendo. Por su parte, Andrés Allamand es un político con historia; desde su juventud ha participado en política, ha sido parlamentario, y aunque hoy es ministro de una cartera estratégica, se las ingenia para aparecer en la prensa mucho más que sus antecesores. No obstante, aún no logra superar la popularidad del ministro de Obras Públicas. ¿Acaso Allamand necesita su Mowag para dispararse en las encuestas, tal como lo hizo Bachelet?

Al parecer, una desgracia se está transformando en el Mowag de Allamand. Este domingo 2 de septiembre se cumple un año del accidente aéreo que le costó la vida a 21 personas en las costas de Juan Fernández. Con o sin intensión, el ministro de Defensa ha propiciado un viaje al dolor. Una travesía innecesaria, pero mediática, en la que él se involucra a título personal como cuñado de una de las víctimas, y como ministro de Defensa, y lo hace a bordo de un buque de la Armada, el Sargento Aldea, en el que también viajan familiares de los fallecidos.

Cabe preguntarse si Andrés Allamand necesita este Mowag con forma de buque de guerra para entrar en el corazón de los votantes, y persuadirlos con el dramatismo de una tragedia; y también preguntarse si a su regreso Piñera lo dejará partir, o dependiendo de los resultados del viaje, tal vez espere la Parada Militar para que agarre un poco más de pantalla a bordo de un jeep en el Parque O’Higgins. Lo cierto es que la permanencia de los ministros-candidatos está hartando a mucha gente, incluso al diputado ex RN Gaspar Rivas, quien llama a “parar la chacota” exigiendo la renuncia de Allamand y Golborne.

Lo peor está por venir: este domingo 2 de septiembre la televisión reventará el rating de la muerte, haciendo caso omiso del dolor de los familiares de las víctimas, y hará, como es de esperar, lo mismo con el respeto que se le debe a las propias víctimas.

Raquel atrapa los millones

Patricio Araya

La decisión de los ejecutivos de TVN de pagarle 250 millones de pesos a Raquel Argandoña, para que ésta les cuente su vida privada a los televidentes, en realidad, no debería generar ni la más mínima polémica, ni mucho menos, sorprender a alguien. Es más, dicha determinación debe ser analizada y entendida en el marco de la lógica mercantilista que guía los destinos de la red estatal, donde en no pocas ocasiones, los auspiciadores acaban tomando decisiones editoriales. En buen chileno, el que pone la plata, pone la música.

Tras conocerse la noticia de que la ex lectora de “60 Minutos”, ya había comenzado las grabaciones de su reality show, en las redes sociales se desató una serie de comentarios adversos. El denominador común de todos ellos, es el cuestionamiento moral que se hace de ella misma y de la situación en general, motivado por dos aspectos fundamentales.

Primero, la calidad humana de una persona como Argandoña, quien por el solo hecho de haber sido un rostro emblemático de la dictadura –con toda la carga negativa que ello implica–, a estas alturas del proceso de restauración democrática del país, ya no debería ser propuesta por la televisión como modelo de nada positivo a emular; segundo, la abultada suma de dinero que recibirá, en especial, cuando han pasado pocos días de una estéril discusión en torno al salario mínimo –el que aún no logra superar la barrera de los 200 mil pesos–, genera una odiosidad evitable.

Más allá de las consideraciones morales de tan millonario contrato, lo que preocupa es la prontitud y simpleza con que TVN zanjó el incidente protagonizado hace un par de semanas por su “figura” con la periodista Daniela Aliste, a quien agredió a golpes en el aeropuerto.

En respuesta al emplazamiento realizado por el presidente del Colegio de Periodistas, el director ejecutivo del canal público, Mauro Valdés, se limitó a responder que "TVN no defiende ni apoya ninguna actuación violenta y que, respecto de los planteamientos de la señora Argandoña vertidos en el programa (Buenos días a todos), el director de Programación de este canal, en reunión con ella, le manifestó la improcedencia de su accionar”.

Prontitud y simpleza para resolver una situación de extrema gravedad que asusta. En países civilizados esta agresión habría significado la desvinculación inmediata de la agresora y la reparación moral y material de la víctima. En Chile las cosas se resuelven de otra manera. Por un lado, se sumerge a la víctima en un mar oscuro para que desaparezca de la controversia, y luego, con la vedada amenaza de evitar buscarse más problemas, se la presiona para que no ejerza acciones legales; y por otro, se fortalece a la victimaria revitalizando su protagonismo avasallador, premiándola con una cantidad insultante de millones.

En medio de la polémica, por estos días, la propia “figura” de TVN le echó más leña a la hoguera, mostrándose en público ataviada con una piel de zorro, provocando la molestia de grupos defensores de la vida animal. Su respuesta –igual de descarada que la dada frente a la agresión a Daniela Aliste– fue que ella poseía esa piel hace más de treinta años, como si entonces la matanza de animales con fines estéticos no fuera igual de cruel que hoy. Es decir, la panelista de farándula carece del más mínimo sentido común. Para ella es normal agredir a una joven reportera y lucir una piel natural. Desde luego, no se hace problemas.

Tal es la fortaleza moral de una ex servidora de la dictadura. Pero, seamos “justos”. Ella no es la única. En Chile sobran ejemplos de personas similares, que van convencidas por la vida que actúan dentro de una normalidad aberrante, de una distorsión de la realidad, donde lo principal se vuelve accesorio, y lo accesorio cobra importancia relevante. Para personajes de este calado, la vida vale poco y nada, y el respeto y la dignidad de personas y animales tienen un peso demasiado liviano, fútil. Lo único significativo para ellas es el dinero. Arma letal que las avala para sentirse superiores e impunes. El directorio de TVN, al permitir poner en pantalla la intimidad de una persona que suscita tanta controversia pública, acaba de perder una gran oportunidad para dar un golpe de timón en materia de respeto a los derechos humanos.

En verdad, la vida particular de un rostro del pasado no debería importarle a nadie. Sin embargo, “el canal de todos los chilenos” transforma este accesorio prescindible en insumo necesario de entretención para seguir acrecentando “la cultura que todos queremos ver”, cuando en el fondo del asunto, lo que se está haciendo es elaborar un producto de dudosa calidad, un bodrio, cuyo destino es la pantalla de muchos chilenos que, por desgracia, son obligados a tragarse una televisión simplona, sólo orientada a la obnubilación disfrazada de entretención. Sólo falta que nuestra poco creativa televisión instale cámaras en Punta Peuco para que veamos el día a día de algunos reclusos.

La ex miss Fisa 1975 representa el paroxismo de un relato anacrónico que produce náuseas e insulta la más elemental inteligencia humana. Ojalá los ejecutivos de TVN pusieran un poco más de cuidado en la elaboración de sus contenidos, y precaver ciertos conflictos que en nada contribuyen a la buena convivencia de los chilenos. Eso, siempre y cuando, las leyes del mercado lo permitan.

miércoles, 15 de agosto de 2012


Valor en juego

Patricio Araya

El acuerdo –acercamiento, conversación, según los más escépticos– anunciado por los presidentes de la Democracia Cristiana y Renovación Nacional a principios de 2012, “es una propuesta conjunta para reformar el sistema electoral binominal y avanzar en un nuevo régimen político que reemplace al presidencial”. Eso en lo declarativo. En el fondo, el pacto equivale a torpedear la línea de flotación de la alianza gubernamental, pues, en términos doctrinarios, lesiona las relaciones entre sus dos partidos.

En efecto, el socio de RN, la Unión Demócrata Independiente, no se siente interpretada con eso de “reformar el binominal”, ni mucho menos en lo referente al “cambio de régimen político”. En el gremialismo no están por hacerle cambios a una receta que ha demostrado ser deliciosa y económica. Y en eso la UDI es consecuente y disciplinada. El partido fundado por Jaime Guzmán se mantiene fiel a las enseñanzas y al legado de su máxima figura. Guzmán aseguró a toda costa la representatividad de su sector, perfeccionando en la Constitución de 1980 un sistema que le garantizara presencia e incidencia ad eternum en el gobierno de la nación, independiente de los apoyos reales.

Cuando Guzmán se acercó a Pinochet, lo hizo empoderado de su innegable capacidad intelectual. Los militares tenían la fuerza, él tenía el poder. Guzmán fue el primero en percibir ese hándicap favorable, que a la larga marcaría notables diferencias en pro de sus ideas políticas, de su proyecto de una nueva sociedad. El líder gremialista –ya en su rol de ideólogo de la Constitución del 80– convenció a sus seguidores de entonces de tres ideas fundantes. Primero, los militares son tontos, no saben gobernar; segundo, nosotros somos los iluminados que haremos la revolución que necesita este país; y tercero, hay que cambiarle la mentalidad al “roterío”.

Tres décadas después es posible comprobar que el fallecido senador tenía razón. Primero, ellos entraron al gobierno militar inoculándolo con su conservadurismo (católico), para luego darle un carácter mesiánico, patriotero, represivo, y sobre todo, franquearon la implantación de un sistema económico y político a su medida. Lo inteligente es que tras la dictadura no hay ningún civil preso. Todos los colaboradores de Pinochet que no usaban casco salvaron, incluso, algunos llegaron a ser parlamentarios de la nueva democracia; segundo, en Chile en efecto hubo una revolución, no social, sino económica. Su cara más visible es el debilitado Estado que hoy tenemos: empobrecido y sin mayores facultades regulatorias, cuyas principales empresas terminaron en manos privadas; en tercer lugar, el cambio de mentalidad experimentado por los chilenos –desde el “cuiquerío” hasta el “roterío”– es evidente: hoy existe una gran devoción por el consumo y el individualismo, y una enorme displicencia con la disconformidad. Un país con escasa masa crítica, y con una sorprendente habilidad para desarticularla. Este es el modelo de país que propicia la UDI. Por ellos, aquí nada debería cambiar, ni una sola coma de la Constitución de Pinochet. Esta es una convicción transversal que va desde el extremo más izquierdo del espectro político, hasta el propio partido con que la UDI cogobierna.

¿Acaso esta es la razón de RN para acercarse al PDC en busca de un acuerdo para cambiar el binominal, y establecer un nuevo sistema de gobierno de unidad nacional, que legitime la política? Es probable. Sobre todo en medio de la realidad paradójica que hoy vive Chile con un crecimiento interior –de impacto precario sobre la mayoría de los chilenos–, y en el contexto de una crisis externa que amenaza con golpearnos. La idea de un acuerdo de gobernabilidad cobra fuerza si lo que se pretende es precaver la ingobernabilidad en la que están cayendo los países de la Europa el sur.

Los cambios políticos que requiere Chile hay que hacerlos ahora. Ya no es posible que un representante de la banca pueda mirar por encima del hombro a la gente de la calle –léase cotizantes de las AFP, gente “común y corriente” sin ninguna posibilidad de decidir sobre el destino de las inversiones realizadas con sus fondos– y pretender sacarla de la discusión como si fueran espantapájaros. No prever la inminente realidad de ingobernabilidad que podría afectarnos a causa del inmovilismo político, haciendo caso omiso de la impronta de los movimientos sociales, es una apuesta demasiado arriesgada; es una osadía irresponsable.

Los politólogos sostienen que si el PS y la Derecha son imprescindibles para la política chilena, el PDC representa el consenso. Pero, veamos. RN está casado con la UDI, y la DC lo está con el Partido Socialista (y con otros dos partidos más). Cualquier atisbo de convivencia con fines procreativos entre RN y la DC, tendría que pasar por ese espacio donde las posturas rígidas se flexibilizan, y por ciertos momentos que lo propicien.

Hoy el PDC está en condiciones de asumir su papel de amigo común de RN y el PS, en especial, si lo hace desde la perspectiva de una elección presidencial y parlamentaria ad portas. Tanto RN como el PS primero deberían hacerse cargo de neutralizar –controlar– a sus socios para poder darle curso al acuerdo de una nueva gobernabilidad. RN debería moderar la inflexibilidad de la UDI –incluso, aislarla, según el deseo de muchos–, y el PS debería controlar la dispersión de sus dos aliados menores, el PPD (más a la izquierda de la oposición), y el PRSD, partido con aspiración presidencial propia.

En la Concertación valoran a RN como un actor necesario; también reconocen su faceta liberal. En cambio, a la UDI la perciben como intransigente y partidaria del statu quo. Lo anterior le otorga un valor agregado a la calidad de amigo común que posee el PDC. Los falangistas tienen muy buenas relaciones con amplios sectores de RN y del PS.

Si Bachelet opta por quedarse en la ONU –cuestión aún no descartada en las filas opositoras–, la Concertación igual requerirá un nombre para poner en la plantilla. Es allí donde surgen los candidatos tapados. Tal vez los verdaderos candidatos –no esa lista de pre candidatos que despierta la atención de la prensa. El ex presidente Ricardo Lagos es uno de ellos. Pero él no es democratacristiano, no es el “amigo común” que deje contentos a moros y cristianos que buscan ponerse de acuerdo para hacer los cambios necesarios. Los candidatos presidenciales para 2014, o serán de RN (Allamand, tal vez), o de la DC. Un militante de ésta última podría ser el puente que una a quienes desde la Concertación y el lado más liberal de la Alianza (RN), están por modificar la rígida estructura política existente que favorece la inequidad social, que de mantenerse tal como está, podría llevar a Chile por el camino de España.

Las encuestas aseguran que una mujer opositora gobernará el país a contar de marzo de 2014. Frente a ese escenario, cabe preguntarse por qué la senadora Soledad Alvear no podría ser “la” carta de consenso (acuerdo RN-DC) para salvar el escollo que representa la UDI para RN a la hora de cambiar el binominal, y a la vez, contener las aspiraciones parlamentarias del Partido Comunista, asunto que tensiona las relaciones del PDC con sus socios concertacionistas. Por lo demás, Alvear (ex ministra y actual senadora por Santiago Oriente) está casada con uno de los genios de la baraja.