domingo, 22 de enero de 2012

Acuerdo RN-DC: ¿secreto, inútil o subversivo?


Patricio Araya G.
Periodista


Cada vez que los políticos asumen como cierta la tesis de que la ciudadanía está obligada a tragarse sin mayores cuestionamientos todo lo que ellos verbalizan, cometen un error imperdonable, en especial, si lo que buscan al final del día es recuperar la confianza de las personas en la política. Entonces, ¿en qué cabeza cabría la idea que dos partidos políticos adversarios puedan celebrar algún acuerdo sin que nadie se entere? Imposible. En Chile, tarde o temprano, todo se sabe. O se filtra, como el reciente pacto entre los senadores Carlos Larraín (RN) e Ignacio Walker (DC), ignorado sólo por los habitantes de Tombuctú.

Tras el anuncio, tanto en el Gobierno como en la Concertación, se habló de deslealtad (sólo para los medios) de sus respectivos aliados respecto al secretismo con que se gestó la idea que pretende reemplazar el sistema presidencialista por uno semi presidencial, con un primer ministro a modo de fusible, aunque con matices. En efecto, en la UDI se mostraron dolidos por la jugada de sus socios estratégicos, como el jefe de la bancada de diputados Felipe Ward, quien calificó la instancia como “un paso en falso”; mientras que su presidente, el senador Juan Antonio Coloma, acusó “un fuerte golpe al Gobierno y a la Alianza”. Coloma fue más allá. "Yo pido una explicación. La Coalición vive un momento muy difícil, no cabe duda que aquí el presidente de Renovación Nacional, al llegar a un acuerdo sin preguntarle ni explicarle al Gobierno ni a su partido aliado, obviamente ataca la unidad de la Coalición", aseguró. Por su parte, en la oposición algunos se manifestaron “sorprendidos”, pero no molestos, pues como sostiene el diputado Osvaldo Andrade, fue el propio Presidente Piñera quien instó a los dos bloques a trabajar juntos en materias como la contenida en el documento RN-DC.

En rigor, ni tan dolidos y ni tan sorprendidos. Dolidos podrían estar en la disidencia de RN –cuya postura pierde fuerza frente a la movida del presidente del partido–, o los más alejados del círculo de hierro del gremialismo, pues, sus líderes principales –según le confesó la senadora Soledad Alvear al periodista Matías del Río en Chilevisión– fueron sondeados sin éxito antes que la directiva de Renovación Nacional, con miras a avanzar en la reforma política más importante de los últimos años. De modo que los coroneles sabían de las conversaciones con la DC. En tanto, en la Concertación también existía información detallada de que se estaba fraguando el documento con parte del oficialismo, así es que de sorpresa, la noticia tenía muy poco. En el resto de la Concertación también estaban informados. Una negociación de semejante envergadura no puede pasar inadvertida para las cúpulas.

En efecto, días antes que los presidentes de la Democracia Cristiana y de Renovación Nacional lo dieran a conocer, el senador democratacristiano Andrés Zaldívar, en compañía del secretario general de su partido, Víctor Maldonado, concurrieron hasta la residencia de un importante personero socialista, donde se reunieron con un selecto grupo de esa colectividad. El objetivo era informarles sobre las conversaciones del PDC con RN.

A la exclusiva cita concurrieron el presidente del PS, el diputado Osvaldo Andrade (uno de los “sorprendidos”); el diputado Marcelo Schilling; el ex senador Ricardo Núñez (presidente del Instituto Igualdad); el ex ministro del Trabajo Ricardo Solari (Igualdad); el senador Camilo Escalona; el diputado Carlos Montes; el ex parlamentario Jaime Estévez; el ex embajador en Argentina, Luis Maira; el encargado electoral de la colectividad Mahmud Aleuy; el director ejecutivo de Igualdad, Ernesto Águila, y el mismísimo secretario general de la OEA, José Miguel Insulza.

En lo concreto, el mentado pacto implica un segundo acuerdo tácito: dado que con la UDI se torna muy difícil acordar cambios al sistema binominal, los parlamentarios elegidos el próximo año tienen que comprometerse a crear una nueva Constitución. El primer paso ya estaría en marcha: aislar a la UDI, partido que se niega a despinochetizar la actual Carta Fundamental. “Renovación Nacional se quiere operar de una vez por todas del veto que le impone la UDI a cualquier reforma electoral”, asegura una fuente socialista.

Desde ya resulta curioso que el diario “La Tercera” publique este sábado 21 en su cuerpo de Reportajes (pág. 2) una pequeña nota titulada “Militancias políticas aumentan en 10 años”, destacando que RN posee más militantes que la UDI, una verdadera pasada de cuchillo por la herida abierta de estos días. El gráfico destina sus dos primeras barras a RN con sus 93.887 inscritos en sus registros, y al PDC, cuyo padrón alcanza 114.168 militantes, siendo el partido con más adherentes en Chile.

Según el Servel, la Unión Demócrata Independiente con sus 77.443 militantes ocupa el 7º lugar entre los 13 partidos existentes en Chile. Antes que el partido gremialista, los socialistas se ubican en segundo lugar (109.828); tercero queda el PPD (97.440); cuarto RN (93.887); quinto el PRSD (84.571); y sexto el Partido Humanista (84.061). ¿Acaso la información quiere evidenciar que la UDI pesa menos de lo que se supone? Tal vez.

Aunque sus simpatizantes le dan una gran presencia en la Cámara de Diputados –donde el partido de derecha alcanza 39 escaños, y en el mundo municipal, donde es representado por 79 alcaldes– el peso político específico del gremialismo en temas estructurales, como una reforma tributaria o una electoral, bien podría verse disminuido si sus socios cruzan la vereda, y soslayan sus diferencias con parte de la oposición.

Sólo el paso de los días podrá decidir si el consenso RN-DC será un intento inútil de los sectores progresistas por reinventar la forma de representación y la figura de la máxima autoridad política del país, o bien, ser una inusitada subversión de una parte de la derecha liberal que comienza a empoderarse de la idea de renovarse o morir, a manos de un sistema que ya no da para más, y que de no hacer algo pronto, les reventará en la cara.

domingo, 8 de enero de 2012

El plan B de Michelle



Patricio Araya G.
Periodista



Mediante un gesto que raya en el paroxismo político –que sin duda desautoriza de antemano el proceso de primarias planeadas por la oposición, y de paso descarta de plano cualquier otro nombre– el senador Camilo Escalona asegura este sábado 7 en El Mercurio –en relación a la candidatura de Michelle Bachelet– que, “no hay plan B”. Y agrega: “Yo no creo que haya plan B. Es lo realista. ¿Para qué vamos a especular? No gasto mi energía en un plan B”.


De sus palabras se colige que él no es partidario de rebarajar el naipe concertacionista, ni mucho menos, promover un ejercicio democrático que incluya otras voces, siendo la ex mandataria su única opción posible. ¿Para qué especular? O sea, Michelle Bachelet será sí o sí la carta presidencial de la ex Concertación.


Ello denota una tremenda inconsecuencia política, en tanto el parlamentario socialista sostiene en el mismo medio ser partidario de abrir el juego a otras inquietudes, que van desde la dirigente estudiantil Camila Vallejo a el ex Comandante en Jefe del Ejército, general Juan Emilio Cheyre. “Un gobierno de ancha base social. Fuerzas sociales políticas y culturales, no necesariamente organizadas en partidos ni en corrientes políticas”, afirma el futuro presidente del Senado, valorando la “mirada republicana” del general, y la representación de “un sector socialmente excluido” de la líder universitaria.


Quien sí tendría plan B para ¿sorpresa? de Camilo es la propia aludida. Aunque hasta el momento Michelle Bachelet ha dicho poco y nada sobre su futuro político, algunos cercanos, como la ex directora de la Junji Estela Ortiz, en la misma línea del ex ministro Belisario Velasco, la ven en la secretaría general de la ONU. Otros, partiendo por el propio Escalona, esperan por ella en La Moneda.


Eso en lo público, porque en el ámbito partidista más íntimo, algunos quedaron helados con las declaraciones de la secretaria de ONU-Mujeres en la Fundación Clodomiro Almeyda, donde se reunió con la dirigencia socialista para decir un par de cosas antes de Navidad. Su candidatura presidencial –sostuvo la ex mandataria– está sujeta a un reordenamiento interno en las filas concertacionistas, “está harta del desorden”. De no ser así, su retorno a la política contingente sería por otra vía. A la ex presidenta la seduce la idea de ser senadora por Santiago Poniente –zona en la que cuenta con gran arrastre–, cuestión que no tardó mucho en llegar a oídos de los interesados en esa circunscripción, desatando el pánico de saberse fuera.


Para tranquilidad de los potenciales afectados, lo más probable es que Bachelet sea la candidata de la oposición, y se reinstale en La Moneda, aunque tampoco vería con malos ojos saltarse el riesgo de someterse a unas primarias, que más de alguna lonja le sacarían a su popularidad. ¿Será suficiente el golpe en la mesa de la Fundación Almeyda para poner término a la entropía concertacionista?

La importancia de ser segundo


Patricio Araya G.
Periodista



“Ser tercero es perder, ser segundo no es igual que llegar en un primer lugar, voy a ganar, voy a matarme por llegar”. Así cantaba un joven y enfundado Miguel Bosé en el Festival de Viña de 1981. Verano en que el hijo del gran Dominguín ni siquiera imaginaba que veinte años después sería invitado a cenar al palacio de Cerro Castillo, por el entonces presidente Ricardo Lagos, como retribución al apoyo brindado a su campaña de 1999. Treinta y dos años más tarde, en pleno 2013, muchos podrían ser los que se maten por llegar primero a La Moneda, y para lo cual necesitarán algo más que el apoyo de un ídolo popular. Sin embargo, las encuestas aseguran que esa carrera –antes de correrse– la tiene ganada Michelle Bachelet.


Por lo mismo, al interior de la ex Concertación algunos ya empiezan a revalorizar la importancia de ser segundos. Perder pero no llegar a muchos cuerpos del ganador no les parece un mal negocio, ni mucho menos, una mala idea, en especial, en un futuro que requerirá más de liderazgos que de nombres para darle gobernabilidad al país; nuevos paradigmas que le den sustento ideológico a la gestión, que transformen el país.


Conscientes que sus adversarios oficialistas no cuentan con una carta presidencial de fuste que pueda amenazar la opción de Bachelet en los términos descritos –pese a la abultada lista de posibles candidatos, surgidos de tragedias y encuestas varias, y algunos tapados, como el director del CEP Arturo Fontaine, o los empresarios Felipe Lamarca y Juan Claro– en la oposición tampoco se esmeran mucho en levantar candidatos alternativos, pues saben conocen sus carencias, y porque en esta pasada sería estéril tratar de amagar el favoritismo de la ex mandataria, quien sin mover un solo dedo, le gana al que le pongan en el frente interno. Los nombres que día a día saltan a la palestra, no pasan de ser fusibles destinados a blindar a la encargada de ONU-Mujeres.


Entonces, ¿qué sentido tendría una lista de presidenciables opositores sin destino? Más que nutrir la imaginería y alucinación de analistas y columnistas, dicho torrente se enmarca en una bien pensada estrategia para fortalecer el liderazgo implícito de la única que no hecho sino mantener un silencio exasperante. Cartas independientes como el ex ministro de Hacienda, Andrés Velasco –quien ha lanzado su pre candidatura en modo condicional, sujeta a la decisión que tome su ex jefa–, y otros posibles “vinos de la casa”, como el senador radical José Antonio Gómez –apartado en mala lid de la anterior carrera presidencial a manos de unas primarias truchas–, o algunos sub 50 (Rincón, Undurraga), forman parte de un mismo diseño: el retorno a Palacio de “la” carta opositora.


Un poco más allá de la izquierda del arco iris de 1989 –en la Meca misma del mundo extra Concertación, el Juntos Podemos que late en clave PC– también tienen aspiraciones presidenciales.  Sin embargo, aunque el ex ministro Jorge Arrate continúa vigente dentro del sector, no descartan un frente común de la toda la oposición para desbancar a la derecha. Y quién sabe si dentro de la misma lógica también calce el siempre dispuesto senador Alejandro Navarro (MAS). Con todo, la izquierda dispone de un tapado de marca mayor: el historiador Gabriel Salazar, un intelectual que aglutina las viejas y las nuevas generaciones. Mucho más afuera de los márgenes previsibles de la actual oposición, 2013 tal vez sea el año para que Marco Enríquez-Ominami aglutine el descontento social, del que se responsabiliza al gobierno, pero también a la oposición, la que no ha sintonizado con esa parte de la ciudadanía que también pasó a ser oposición. Sin embargo, los posibles candidatos opositores –unos más, otros menos– saben, o sospechan, que lo suyo apenas puede superar la etapa testimonial. Bachelet se ha transformado en una candidata potente, no tanto por sus méritos, sino por la falta de rostros y proyectos.


A la luz de las magras encuestas que acompañan la gestión del Presidente Piñera, es muy improbable que la derecha conserve el poder, no obstante lo bien aspectados que lucen algunos de sus potenciales sucesores, cuestión que a su vez torna impensable la paradoja de la última elección presidencial, donde Frei no pudo capitalizar el favoritismo de Bachelet. Sin embargo, la verdadera paradoja de estos días es que el Mandatario no tiene qué heredar al candidato que represente al oficialismo. Complicado y desastroso a la vez. Desde ya, la reelección se traba a manos de la impopularidad del propio presidente, y a partir de ésta misma, se percibe un caos gubernamental que ni siquiera pueda ser manejado desde los partidos de la coalición.


En este sentido, el con quién y el cómo se gobierna un país no da los mismo. Por eso, la elección de los quiénes, y cómo éstos cogobernarán con Bachelet, es clave para los acomodos en torno al trono, y también muy decidores para darle sentido al reempoderamiento concertacionista, que no pretende repetir la experiencia de la administración precedente, ni tampoco los ripios que desbancaron a la propia Concertación después de veinte años. Cómo gobierne Bachelet después de su paso por Nueva York, qué tan identificada se sienta con el Consenso de Washington y con quiénes decida emprender su cometido, es lo que hoy ocupa a los cerebros de la ex Concertación que están un peldaño más arriba de las meras ambiciones. Allí ya existe plena conciencia que el quid del asunto no es llegar en primer lugar, sino clasificar como “mejor segundo”, e incluso, como “mejor tercero”. Ellos confían en reconquistar el poder, la pregunta que están haciéndose es para qué, y si es que ellos estarán entre los elegidos por la triunfadora.


Gutenberg Martínez, hábil lector de entrelíneas, ya prepara su Operación Retorno/Plan B. La cartita bajo la manga de “El Gute” es su mujer, la senadora Soledad Alvear Valenzuela, quien podría servirle para cualquiera de los dos propósitos venideros. Por una parte, la legisladora es –qué duda cabe– el gran tapado de la oposición, o mejor dicho, la “mejor segunda”; por otra, es la mejor carta concertacionista para asumir una candidatura presidencial en caso que Bachelet desista. Ya sea como senadora reelecta o como presidenciable, la figura e influencia de Alvear serán protagonistas en el futuro inmediato.


El matrimonio Martínez-Alvear ha captado el mensaje subliminal (no público) de Michelle Bachelet, en términos de manejarse dentro del laberinto conspirativo del poder político pos ex Concertación: hay que estar, eso es lo importante. La Concertación ya no existe y lo que la reemplazará será una maquinaria que acaba de salir de la maestranza, aún más compleja de manejar y entender, pequeñas parcelas de poder a cargo de futres nada de humildes tratando de asaltar el castillo de su señor. Con ese desafío al frente, la pareja DC se lanzará a las primarias convencida de la importancia del segundo puesto en la fila: alguien debe escoltar a Bachelet, o reemplazarla.


Por ello, “Gute” sabe que estar dentro del gobierno, en las cercanías del gobierno, o incluso, optar a ser el gobierno, es demasiado importante como para dejarlo pasar. Desde esta perspectiva, el estratega DC rompe la inercia derrotista íntima de la ex Concertación, y con gran sigilo visualiza a su mujer muy próxima a la nueva mandataria –en el gabinete o reelecta como senadora, o como presidenciable– y detrás de ambas, a él mismo, moviendo las piezas del tablero. “Gute”, antes que otros, entiende que si Bachelet arruga, su mujer estará muy bien posicionada para poner su nombre en la plantilla. A no extrañarse entonces que la senadora por Santiago Oriente participe en una primaria simulada de la ex Concertación y llegue justo detrás de la ex presidenta.


Aunque ser segundo no es lo mismo que llegar primero… tampoco es tan malo, deben estar musitando los que ya percibieron que la política también atribuye roles protagónicos y puestos de influencia a los que saben dar la pasada y reverenciar a la reina. Alvear ya le dio la pasada y reverenció a Bachelet en 2005, y ésta lo recuerda con mucho cariño. Entonces, ¿por qué matarse para llegar primero, si igual se puede ganar llegando detracito? Los Martínez-Alvear, a diferencia de ciertos desquiciados que podrían perderlo todo en el intento por desbancar a la candidata más potente del sector, ya saben qué micro tomar. Y dónde sentarse.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Bachelet: la mejor candidata… de la derecha

Patricio Araya G.
Periodista

En los casi dos años de gobierno, los vaivenes de la contingencia –desde las consecuencias del 27F hasta el movimiento estudiantil– han evidenciado lo incómodos que se sienten los miembros del gabinete del Presidente Sebastián Piñera en sus respectivos ministerios. Partiendo por los sueldos “reguleques” de sus titulares, pasando por la falta de autonomía en materia de decisiones –la burocracia estatal tiene fortalezas que se transforman en amenazas reales, hoy agudizadas por la personalidad omnipresente del gran jefe–, es lógico que muchos de ellos terminen pateando la perra, y haciendo de la renuncia su única válvula de escape posible. La vida en el mundo privado siempre transcurre más calmada que en el despacho ministerial.

En su mayoría, los actuales ministros, así como otros altos funcionarios públicos, provienen de la gran empresa, realidad en la que ellos siempre decidieron desde lo macro hasta los más mínimos detalles. Son ejecutores más que ejecutivos rindiendo cuentas, hacedores de cosas más que empleados obedientes; emprendedores, académicos o profesionales de libre ejercicio, y por tanto, poco acostumbrados a un mega Ejecutivo que les recuerde a diario que dependen de su exclusiva confianza. Mucho menos están habituados a ser devueltos al redil cada vez que quieren arrancarse con los tarros. Salvo excepciones –Mathei, Longueira, Lavín, Chadwick–, no entienden la nomenklatura estatal. Sólo sienten que dieron un paso en falso y que se metieron en las patas de los caballos. ¡Uf!, esto no es lo que imaginaban cuando soñaban con ser ministros. Sin duda alguna, se sabían más seguros y se sentían más a gusto en sus oficinas de El Golf o Sanhattan, o en alguna gerencia o presidencia menos visible que el terreno fiscal.

Pero como la vida siempre ofrece segundas oportunidades, los políticos profesionales, tanto oficialistas como opositores –sin querer queriendo– podrían aliviar la dura tarea de de estos servidores públicos, y así permitirles el retorno a su tierra prometida –la del business– de donde nunca debieron salir. En efecto, tras algunos jaloneos, más para la galería que para la platea, actores de todas las tendencias hoy parecen estar muy de acuerdo en la tesis de que la ex presidenta Michelle Bachelet es la única solución para que unos salgan y otros entren al baile sin que nadie lo note.

La primera premisa –bastante cierta– es que Bachelet es “la” carta presidenciable de la ex Concertación. Tanto, que la sola impresión de su nombre en la papeleta de diciembre de 2013, podría revocar la condición de “ex” de ese conglomerado, rescatándolo de la morgue en la que se encuentra a la espera de autopsia –aunque todos saben las causas del deceso. Todo otro nombre proveniente de ese sector no pasa de ser otro volador de luces, o en su expresión más mezquina, ni siquiera supera la patética analogía del niño que enloqueció de amor. En fin. Cada uno tiene derecho a soñar con lo que quiera.

Todos en la ex Concertación saben que el juego de sentarse frente al espejo diciendo “yo quiero ser presidente”, no es más que la recreación del gag que hiciera famoso el comediante Fernando Alarcón, cuyo personaje solía fantasear con roles imposibles para su edad e intelecto. La ilusión terminaba cuando su madre entraba a la habitación y lo mandaba a peinarse, y luego a sentarse a la mesa. Todos saben que cuando quiera, Michelle Bachelet puede mandar a muchos a peinarse, o a sonarse los mocos. Ella es y se sabe “la” candidata opositora.

A estas alturas también debería quedar muy claro que esa gabela incansable de la dicotomía entre “izquierda” y “derecha”, más que una cuestión ideológica entre socialismo real y capitalismo salvaje, más filosófica, o menos filosófica –incluso, si existiera la mentada ideología–, sólo sirve para libretear algunos programas “políticos” como Estado Nacional o Tolerancia Cero. Lo demás es música. La política, en su sentido más práctico, es la que se debate en los medios de comunicación, y que remite sólo al ámbito de los acuerdos, de los consensos, donde se hace poco y nada por marcar la diferencia. En esto no existe –no cuenta– la masa. Aquí sólo deciden las élites bajo los preceptos del beneficio mutuo y del Estado como botín. Eso de “el pueblo” o “la gente”, no es más que entretención para la galería. La platea sabe cuándo, dónde, cómo y con quiénes ponerle play al arreglín de turno.

La segunda premisa –o sospecha– es que el oficialismo no sólo no tiene presidenciables, sino que no le interesa tenerlos. Los Golborne, los Allamand, o cualquiera otro elevado a los cielos electorales por las santas encuestas, es sólo una estrategia comunicacional forzada: el Gobierno va por su reelección. La estrategia –al parecer– es tener nombres y no candidatos reales. ¿Acaso a la derecha no le interesa conservar el poder? Es probable que en su íntima convicción concluya que no necesita el poder político. La derecha tiene el poder económico, y éste subyuga al poder político. Con eso es suficiente. ¿Por qué complicarse la vida lidiando con un Estado incontrolable y legalista, con una población indómita, que ha hecho del asistencialismo su forma de vida? ¿La mera vocación por lo público es motivo suficiente para soportar los sinsabores del ejercicio gubernamental? La derecha económica no necesita gobernar el país para acrecentar su riqueza, necesita controlar el mercado. Y eso lo viene haciendo mejor que nadie desde 1975. Con o sin democracia.

Bachelet asegura paz social, y es eso lo que tras su arribo a La Moneda la derecha, guitarra en mano, no ha sabido garantizar. Paz social no en términos de menos delincuencia, sino en el sentido de más tranquilidad, mayor felicidad. Los empresarios necesitan que el pueblo esté contento para que produzca, que sienta que es importante. El “populacho” es feliz cuando le traen espectáculos gratuititos, tipo muñeca de cobre, o cualquier lesera macondiana; la gente en las poblaciones se fascina con las batucadas, con el teatro a mil, con un concierto de Illapu o de Los Jaivas, con la Cumbre Guachaca, en suma, con la alegría del arco iris que la hace evocar la lucha contra la dictadura. La gente “necesita” ese relato épico, inclusivo, participativo. La gente quiere sentirse importante, considerada, y aspira a que el inquilino de La Moneda sea empático, que se fotografíe con las mujeres, con los niños, con los ancianos, que sea un besador profesional, que corte cintas y que esté siempre sonriente, que se emocione frente al dolor y que salte de alegría cuando Chile le gana a Argentina, que baile cueca y que empine el codo como todo buen chileno.

Michelle Bachelet es prenda de garantía para unos y otros: felicidad para la galería y riqueza para la platea. La ex Concertación podría reverdecer laureles con ella en Palacio, y resucitar su llanto ahogado durante cuatro años por falta de oxígeno fiscal. Los empresarios podrían estar tranquilos viendo engordar sus alcancías, sus trabajadores estarían contentísimos con el pan y circo del gobierno. Un tercer gobierno “socialista” post dictadura para nada sería una amenaza contra el capital. Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, siendo “socialistas”, gobernaron con y para la derecha. Nicolás Eyzaguirre, ministro de Hacienda de Lagos, fue elegido por los empresarios como el mejor ministro del siglo. Sus razones habrán tenido para ensalzarlo de esa manera. El aumento de la desigualdad social es el vívido ejemplo de esa realidad.

Entonces, ¿por qué la derecha tendría que desgastarse con un segundo gobierno, si a las claras no sabe hacerlo en clave populista? O sea, le cuesta establecer un diálogo fluido con la población. Hay desconfianza mutua. La compra de Colo Colo a Piñera no le dio los resultados “populares” que él esperaba, porque no es colocolino, es hincha de Católica; en cambio, a Bachelet sí le sirvió montarse en un Mowag. El chileno común y corriente vio un pie forzado en el primer caso, y un gesto de empatía en el segundo. La ex Concertación es maestra en ello: maneja la sensibilidad social, tiene esa cosa garcíamarquiana de engrupir a la masa. La derecha es insuperable haciendo negocios.

martes, 20 de diciembre de 2011

¡Todos a FONASA!

Patricio Araya G.
Periodista

El presidente de la Asociación de Isapres, Hernán Doren, explica de manera muy sencilla las cuantiosas –vergonzosas, escandalosas, exorbitantes, inexplicables, aberrantes, usureras–  y millonarias utilidades obtenidas este año por las isapres. Según él, éstas se deben en gran medida –como si tratara de un milagro económico–, al incremento de cotizantes del sector y a la buena salud de los chilenos.

Una respuesta simple –que bien podría dejar tranquilos a muchos– pero tonta. Es una respuesta tonta para el futuro de las isapres, y por tanto, una muy buena señal para los chilenos indignados con el mercado de la salud privada. Tonta porque Doren se pega un tiro en el pie al darles a los ciudadanos una pista sobre lo que hay que hacer para deshacerse de las isapres, y de todos los abusos: desafiliarse de ellas.

Eso, así de simple. Hay que huir de los sinvergüenzas y de sus malabares para cobrar caro y pagar tarde mal y nunca cuando les toca a ellos. A no mediar que ante la estampida de cotizantes la autoridad acuda en su auxilio decretando un “corralito de la salud”. En Chile, aunque en Argentina no lo crean, pueden pasar cosas peores.

Sin embargo, aquí los chilenos tienen la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro: por un lado, terminar con un sistema que de solidario no tiene nada, y por otro, fortalecer el sistema de salud pública. Así de simple. ¡Todos a FONASA de una vez! Datos del Fondo Nacional de Salud indican que en diciembre de 2010 sus afiliados ascendían a 5.190.846, mientras que en la misma fecha las isapres contaban con 1.446.308 cotizantes.

De las 13 isapres que conforman el sistema privado de salud chileno, siete son abiertas (Colmena, Cruz Blanca, Vida Tres, Ferrosalud, Más Vida, Banmédica y Consalud), y seis son cerradas (San Lorenzo, Fusat Ltda., Chuquicamata, Río Blanco, Fundación y Cruz del Norte), en su mayoría vinculadas a la minería, excepto Fundación, ligada a Bancoestado. Éstas últimas tienen un público cautivo, y por tanto, no pueden salirse del sistema.
Según la Superintendencia de Salud, en octubre de 2011 las isapres cerradas suman 44.995 cotizantes, mientras que las abiertas en la misma fecha llegan a 1.467.597 cotizantes. Consalud es la isapre que tiene más afiliados (326.254), la sigue Banmédica (315.556), Cruz Blanca (296.216), Colmena (244.093), Más Vida (201.906), Vida Tres (71.798) y Ferrosalud (11.774).

¿Cómo se explica que una cartera de clientes de un tamaño relativo, pueda generar tanta riqueza? Aquí algo huele mal. Muy mal. Es la manera más descarada de construir riqueza a expensas de sus beneficiarios.
Si los cotizantes esperan que los parlamentarios o el gobierno hagan algo para frenar las abusivas ganancias de las isapres, hoy eso es una mala idea. Siempre lo ha sido. De manera que la única alternativa viable es la fuerza. La fuerza de la evidencia. Es evidente que las isapres están abusando a sus usuarios. Es evidente que los políticos no están sensibilizados con semejante vulneración. Resulta evidente que hay que desafiliarse de las isapres e irse a FONASA.

No es propio de países civilizados dejarse abusar por un determinado grupo, independiente de su naturaleza, sea comercial o política. No más abusos de ninguna clase. No más tolerancia con quienes se encogen de hombros frente a los abusos. No vote por nadie que no sea capaz de fiscalizar y legislar pensando en usted, por el contario, bote a ese tipo de candidato. Y sálgase de la maldita isapre. FONASA es la única alternativa. No le costará más que el 7 por ciento de sus ingresos imponibles.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Señora Juanita Vallejo

Patricio Araya G.
Periodista

El reciente triunfo de Gabriel Boric en la FECH, bien podría leerse como un triunfo para el Presidente Sebastián Piñera y su ministro de Educación, en tanto ambos se sacan de encima a la “mediática” Camila Vallejo, apostando a que el movimiento estudiantil se reenclaustre, reflexionando en los patios universitarios, mascullando allí sus frustraciones, evitando potenciales movilizaciones en las calles. Al día siguiente de su victoria, Boric envió una señal en entrevista con La Tercera, que en Palacio podrían interpretar dentro de esa línea. “Llamo a no tener miedo. Las formas de movilización deben ser funcionales a objetivos políticos. Los paros pueden servir o no, no se trata de un juego, donde el que está más tiempo en paro es más revolucionario. Creemos (en ellos) en la medida que sirvan para presionar, para avanzar como movimiento. En la medida que no sirvan, tenemos que reinventarnos”.
Eso es lo que más añoran en La Moneda, que el conflicto estudiantil se desarrolle intramuros, que no salga a las calles; que los secundarios no se tomen más liceos. Al Gobierno le conviene que el tema “educación” retome su carácter sectorial, que deje de ser tan transversal como ha sido hasta hoy. No obstante, en el mismo medio Boric desalienta al Ejecutivo y alarga la mecha: “Nuestro énfasis el próximo año será fortalecer los lazos y la organización, en conjunto con trabajadores, pobladores, secundarios y compañeros de las universidades privadas, y a todos los que quieran transformar este país”. Mala noticia para Piñera.
Hasta antes de la irrupción de Camila Vallejo –y de toda la generación de nuevos dirigentes Jackson, Ballesteros, Figueroa–, la ciudadanía se mantenía ajena al sentir de los estudiantes. La “revolución pingüina” de 2006, aparte de contar con las simpatías de la gente, no logró obtener de ésta el grado la complicidad y compromiso que sí lograron las movilizaciones de 2011. ¿Qué hace la diferencia entre uno y otro proceso? La clave es que el movimiento estudiantil de este año involucró a la sociedad civil, redefiniendo las demandas estudiantiles como demandas sociales. “Esto nos afecta a todos”. Léase al 80 por ciento de la población que siente que ya es suficiente, que el sistema imperante es el causante de los problemas que afectan a la mayoría de los chilenos, y que éste es ineficiente para solucionarlos; que la desigualdad es de tal magnitud que ya no hay bolsillo que la resista. En suma, que la cosa no da para más.
Los pueblos suelen enfrentar la injusticia de diversas maneras. Algunos se acostumbran a vivir dentro de ella, como los países africanos. Otros, subvierten su realidad dándole forma de lucha armada. Otros se dan espacio y tiempo para resolver sus diferencias. Otros son civilizados, tienen mínimas injusticias. Chile está a medio camino entre el acostumbramiento y la revolución no violenta. En la frontera de ambas opciones flamea una bandera con una palabra siniestra: “Diálogo”. De sordos, pero diálogo al fin. El único problema es que las nuevas generaciones de chilenos no quieren correr la misma suerte que nuestros hermanos africanos y tampoco creen en el desarrollo prometido porque lo consideran inviable. Sin embargo, Chile dialoga, conversa, se enreda, promete, miente, olvida, perdona, confía y luego desconfía. Y seguimos donde mismo. Ingrávidos. Hasta ahora.
Hoy los estudiantes no están disponibles para la promesa electoral incumplida. No están dispuestos a seguir siendo engañados como fueron sus padres, sus abuelos. Ellos quieren y pueden cambiar el curso de su historia. Se sienten protagonistas y se saben capaces de subvertir su realidad. Ya no les interesa escuchar a los políticos. Desprecian la forma cómo se hace política a partir del engaño. Sus pulsiones son menos vulnerables, son más materiales, más concretas. Quieren soluciones y no promesas. El tiempo de la señora Juanita, esa invención laguista de la vieja ignorante, maloliente, ingenua, tonta, a la que había que explicarle con manzanitas, “poblacional”, sin rostro, sin domicilio, ya pasó. Las movilizaciones estudiantiles la rescataron de su despeñadero, la incluyeron, la visibilizaron, y sobre todo, la reconocieron como persona, como sujeto de derecho.
Ahora la señora Juanita se llama Juana y se apellida Vallejo, trabaja en la fábrica, en la oficina, en el hospital, en la escuela, en el almacén, en la vereda ambulante, tiene rostro de pueblo ofendido y marginado que se hastió del abuso, vive en las casas de todos los estudiantes en la piel de cada madre endeudada y desesperada. Es persona, no un mito urbano construido para significar a esa masa amorfa llamada “pueblo”, que compraba naranjas.
La señora Juanita Vallejo, a diferencia de la señora Juanita de Lagos, no está para la caricatura y el menosprecio del político que siente que le puede prometer todo a cambio de su voto. Juanita Vallejo es mucho más exigente, no está ni ahí con las migajas del alcalde de turno, quiere que la escuchen y que no la abusen en el supermercado o en la multitienda, se hartó que la manoseen en el Transantiago, no está dispuesta a seguir engordando el patrimonio del dueño de la universidad donde su hijo lucha por una profesión que lo saque de la pobreza. Juanita Vallejo ya no es el rostro de la ingenuidad, es la cara más dura de la desconfianza.
El mérito de Camila Vallejo es haber apellidado el anonimato de los chilenos ignorados e indignados. Hoy, más que antes, la gente de la calle opina, entiende que la están vulnerando. Ese es el miedo al que el Gobierno teme enfrentarse. En La Moneda deben tomar conciencia que cuando la ciudadanía se empodera, es decir, cuando toma conciencia que la soberanía radica en ella, y que su delegación no implica enajenación, la cosa se pone cuesta arriba, porque, cuando los NN se toman en serio ese atributo de la personalidad tan importante como es el nombre y el apellido, es muy difícil seguir siendo parte del rebaño obsecuente, donde todo se ve igual. Camila le puso pan a la masa crítica, haciendo que los NN espabilen, que despierten de su letargo consumista, que sientan que ellos son los protagonistas, y que alcen el puño para decir ¡basta ya, esto tiene que cambiar!

lunes, 12 de diciembre de 2011

¿Concertación RIP o bacheletismo a la vena?

Patricio Araya G.
Periodista

Que el nuevo presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, Gabriel Boric, manifieste en su primera declaración en los medios que no está ni ahí con los partidos políticos, y de paso instale un discurso anti Bachelet, por supuesto que suena como arpa vieja en los sensibles oídos concertacionistas. El presidente del PS Osvaldo Andrade, respondió los parabienes del dirigente estudiantil con otro “no estoy ni ahí”: Bachelet no necesita comandos juveniles. Fuerte, muy fuerte. Soberbio. Andrade debe estar en la lógica del “envejecimiento parlamentario”. Desde su perspectiva, los políticos tienen un solo norte: llegar al poder y allí sentarse a esperar la carroza. Él está lejos de la idea de renovación. Una prueba palpable es la falta de liderazgos juveniles en sus filas. A lo que debe sumarse la absoluta incapacidad de generar nuevas apuestas presidenciales.
En la última elección de la FECH no hubo candidatos socialistas –no porque no haya estudiantes socialistas en la Universidad de Chile, sino porque su orgánica partidaria es incapaz de concebir un proyecto y hacer que la comunidad universitaria lo valide. Sólo hubo representantes de la derecha, de la “Jota”, y autónomos o independientes. La falta de savia nueva es evidente. A los dinosaurios nunca les preocupó su descendencia. Los partidos de la ex Concertación han dejado de tener injerencia social por una cuestión tan elemental como es su absoluta incapacidad de apostar a la renovación generacional; aunque, en honor a la verdad, se trata de un mal que afecta a la política de modo transversal. Basta revisar la constitución de ambas cámaras del Congreso para darse cuenta que hay una generación de veteranos en ejercicio, muchos de ellos electos en 1989, es decir, personajes que llevan 21 años viviendo a costa de los chilenos, sin más aportes que su sola presencia, algunos de ellos saltando de la Cámara de Diputados al Senado, como si fuera un paso de la enseñanza primaria a la secundaria.
Pero, en fin, están allí y morirán allí. Cuando el diputado Osvaldo Andrade se hace partícipe de esa lógica de denostar a la juventud, menospreciando su rol en la sociedad libertaria que él mismo asegura defender, sólo confirma que el mundo político es para mayores de edad, y que los muchachos no estarían preparados para manejarse en clave política. No sólo eso: desconoce de una sola plumada el proceso formativo que implica la discusión de ideas al interior del claustro. Se entiende que el senador Camilo Escalona, que nunca pasó por un aula universitaria, mire con recelo a la juventud ilustrada, pero Andrade se formó como profesional y como dirigente al interior de una facultad de derecho.
¿Cuál será la estrategia de la ex Concertación frente al surgimiento de los nuevos liderazgos universitarios, considerando actitudes como la de Andrade? Pensar que a fuerza de pachotadas como las del diputado socialista se puede abofetear a un dirigente universitario y pasar piola, raya en la estupidez política. La ex Concertación es una entelequia que ya descansa en paz. Sus restos son velados por quienes alguna vez le dieron forma, fama y sentido. La forma –pregonaban– era inclusiva, o intentaba serlo, pese a la cultura del codazo, del nepotismo y del amiguismo; la fama se la ganaron en la calle y en los medios convenciendo al país que lo de ellos era la transformación social, pero no fueron más que meros administradores de un modelo que juraban odiar y que terminaron perfeccionando con ellos adentro; el sentido no era malo –conducir al país al desarrollo mediante el crecimiento con igualdad–, sólo que nunca se prepararon para la alternancia, y cuando les tocó cruzar la verdea, no les quedó más que la nostalgia de sus mejores días.
El historiador británico Eric Hobsbawm introduce la noción de “presente permanente” en clara alusión a la juventud que prescinde del pasado. Durante dos décadas en la Concertación se ocuparon del presente y del pasado, mas no del futuro. Tal vez ya existía conciencia de la finitud del conglomerado, y había que aprovechar el momento. Eso puede entenderse porque entonces muchos de ellos eran jóvenes a los que no les preocupaba nada más que el presente, la construcción de máquinas de poder; sin embargo, llama la atención que las generaciones más experimentadas no tuvieran en cuenta la gravedad que implicaba no alimentar el futuro. La Concertación expiró porque nadie se preocupó de renovarla, de inyectarle esa energía que sólo da la juventud, la única capaz de imaginar el futuro.

Por ello es comprensible el actual estado de ánimo de sus dirigentes: rebelarse ante los cambios que nunca hicieron, y que hoy se hallan en manos de las generaciones ajenas en las que ellos no tienen parte. Hoy el conglomerado carece de una generación de recambio. Los nuevos liderazgos no le pertenecen, son jóvenes que la desprecian y quieren mantenerse alejados de un mundo que los marginó, y que sólo los incluye desde la retórica discursiva, desde el panfleto. A la ex Concertación sólo le resta volver la vista a un pasado que le dio gloria y bienestar. Es aquí donde se entiende la vocación bacheletista de la que se encuentra empoderada.

Dado que la ex Concertación carece de futuro, no tiene más que apostar a una carta segura como Michelle Bachelet, que bien podría devolverle el protagonismo que por sí sola no es capaz de sustentar. Se equivoca el presidente del Partido Socialista cuando asegura que Bachelet no necesita comandos juveniles. Todo lo contrario, hoy, más que ayer, la ex mandataria requiere de una fuerza social organizada, pensante, crítica, hábil. A Bachelet podría llegar a incomodarle esa pléyade de veteranos sordomudos y cegatones, que fueron incapaces de leer los cambios que su gobierno estaba proponiendo al país, y que implicaban darles continuidad. Por el contrario, ellos se lanzaron a la lucha fratricida de apostar por la exclusión, apoyando un candidato cojo.